BOTAS DE CAMPO Y ARETES DE PERLAS
Fuente: Valentina Garza Gálvez y Fuentes | Publicado: Abril 10, 2026
Durante mucho tiempo creí que debía elegir entre dos versiones de mí misma: la que recorre viñedos con las botas llenas de tierra y la que ocupa un lugar protagónico en mesas impecablemente vestidas, comadreando con la crème de la crème. Hoy entiendo que esa dicotomía nunca fue real. El vino —como quienes lo habitamos— no admite simplificaciones. Un día puedes estar bañada en lías, intentando afinar la indocilidad de un espumoso malcriado (pun intended), y al día siguiente, orquestando experiencias donde la luz, la destreza del servicio, la cristalería y el storytelling componen una coreografía precisa, un ballet que merece ovaciones de la Wiener Staatsoper.
En esa dualidad, recientemente acepté, hay una coherencia que, curiosamente, sigue siendo escasa en la enogastronomía en México. Seguimos recurriendo a tradiciones prestadas para validarnos. Cartas que repiten fórmulas ajenas, restaurantes que adoptan símbolos que no les pertenecen, vinos que se autodenominan bajo categorías que no les corresponden. Nos urge convicción, valentía, filosofía e identidad. Es ahí donde los proyectos se fracturan. Somos tanto, que nos cuesta definir quiénes somos. Pretendemos encapsular toda esa complejidad en etiquetas pulcras, sobrias, en blanco y negro… como si la elegancia fuera sinónimo de silencio y discreción.
Pero México no es monocromático. Es rosa mexicano, morado jacaranda, rojo achiote, azul maya, amarillo Izamal. Esa es la riqueza que debemos intentar transmitir en una copa de vino. Por eso, la intención de este texto es animarte a conocer los proyectos que promueves. A caminar los viñedos con otra intención además de tomarte la selfie en vendimia. A dialogar con el viticultor, con el enólogo, con el pequeño productor. A veces, los vinos más valiosos no hacen tanto ruido. No llegan a concursos, no montan espectáculos ni baten récords de visitas. Hablan en voz baja… y dicen mucho más.
Proyectos como Tierra de Peña, liderado por Luis Aburto, que han decidido no distraerse: interpretar su terruño con precisión, honestidad y sostenibilidad, mientras dan visibilidad real — no discursiva— a las mujeres que forman parte de su historia. En lo personal, los proyectos que más me han marcado tienen algo en común: confianza y libertad creativa. Espacios donde nunca tuve que elegir entre mis botas de campo o mis aretes de perlas. Gracias a Luis Peciña, de Ardoa, por empujar la excelencia del vino mexicano desde donde realmente empieza: el origen. A Ana Segovia, de Insight, por tu mirada enfocada exclusivamente en la excelencia. A Chava Ruiz de la Cava de Chava, por abrir con diálogo y confianza. Ellos entendieron que la auténtica cultura del vino tiene matices infinitos. Y, por supuesto, a Mujeres in Taninos, por demostrar —con hechos— que hay mil formas de hacer industria, de construir comunidad y de ocupar espacios.
Al final, no se trata de encajar. Se trata de tener la claridad y resiliencia para hacer lo que ya sabes hacer. Con humildad, sí. Pero también con profesionalismo y convicción. Menos chile, más técnica (no pun intended). Y en una industria que durante demasiado tiempo nos pidió moderación, discreción y silencio elegante, hoy toca hacer otra cosa: descorchar el champagne con el mismo desparpajo con el que le silbas al taxi y te lo ganas. Sin disimular el plop, al contrario, que suene como trompetazo de mariachi. Y por lo que más quieran, ofrecerle la carta de vinos a la mujer de la mesa. Para variar la conversación.



